Cuando el aroma de coliformes fecales es sustituido por el aroma del café recién hecho, el del pan tostado y el de la naranja recién exprimida en las calles del barrio, Iván, ya se encuentra sentado con su olor a olvido en la barra del bar , El agobio. El agobio, es el templo en donde religiosamente le reza a sus demonios bajo el amparo de una luz terrenal, parpadeante y desfalleciente de una bombilla moribunda. Como reclinatorios utiliza las mesas anquilosadas por capas de mugre y escupitajos depositados por años, y, como vino de consagrar, le acompaña una fiel botella del ron más barato porque no tiene para más. Iván columpia su cuerpo sobre un banco de patas endebles que sufren por detenerlo. Cansado del vértigo, se remanga la camisa de un profundo blanco percudido dejando a la intemperie las cicatrices de pasadas peleas con jeringas y su rudo contenido. Encorvado y con la cabeza gacha, pasa sus manos por el sebo de su cabeza; no deja de observar una fo...