LAS VISITAS
| Crédito de la foto: @Bigcrassh |
El aroma del café comenzó por picar sus adormiladas fosas nasales, necesitaba tomar de aquél negro licor después de aquella fatídica noche otoñal que la había mantenido al borde de la ansiedad.
No había podido dormir por el crujir de la madera de las escaleras al toque de los pies de aquellas infernales visitas.
Ploc...ploc...ploc...se puso la almohada encima de la cabeza con la finalidad de ignorar aquel sonido que comenzaba por desquiciarla...ploc...ploc...ploc...se levantó colérica y con pasos que retumbaron más que las gotas de lluvia que arreciaban sobre sus domos, se dirigió al baño para darle tortura a la llave que de manera siniestra dejaba escapar pequeñas gotas de agua sin parar.
Bufando regresó a su cama; acomodó su almohada y se cubrió hasta la coronilla con su cobertor para no dar paso a la luz que de manera involuntaria alumbraba su alcoba. No entendía la maldita manía que tenían las visitas de prender todas las luces de la casa. Con ojos cerrados y fruncidos se esforzó por llamar al escurridizo sueño entre inhalaciones y exhalaciones. Se acomodó boca abajo y puso la almohada sobre su cabeza para intentar conciliar el sueño. Se sentía agotada.
Sus párpados comenzaron a ceder ante el cansancio, pero fue interrumpida por una oscuridad total y por vaporosos murmullos que comenzaron a inundar la casa.
Aunque no quería involucrarse con las visitas, no tuvo otro remedio, esa noche su tolerancia tocaba la peligrosa nulidad, consecuencia de tantas noches sin poder dormir. Decidió poner un alto a tanta insolencia. Se quitó de un golpe el cobertor y el piso que la sostenía se sacudió ante el peso de la ira; las escaleras gritaron de dolor en cada escalón que ella tocó con sus pies descalzos mientras buscaba el origen de los cuchicheos de aquellas personas que le estaban causando estragos a su salud física y mental. Era tal la oscuridad que tan solo pudo ver sombras que se movían al compás del fuego que salía a través de las grietas de la estancia. Uno de los visitantes se percató de su presencia y la saludó con ojos de inframundo, ella le regresó el saludo a pesar de la repulsión que sintió al ver su descarnada sonrisa y el olor a agua estancada que emanaba de aquella boca. La Presencia, con un gesto la invitó a que se uniera a ellos. Ella rechazó la oferta, estaba consciente de que si aceptaba, se condenaría para la eternidad, decidió dejarlos en paz.
Rendida, regresó a su habitación e intentó dormir una hora antes del amanecer.
El último sorbo de café la regresó a la lluviosa mañana y se dio cuenta de que tanta soledad la llevaría al abismo.
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