Las moscas en la ventana
La repulsión por las moscas la acompañaba desde que era pequeña. Sin madre, estuvo a cargo de su padre desde que tenía uso de razón. Todos los sábados por la mañana lo acompañaba a trabajar en el rastro.
Su padre, era un matador de cerdos. Juana se admiraba de la maestría con la que "el matador" manejaba el cuchillo y les llegaba directo al corazón sin tocar una costilla; una vez que sacaba el cuchillo y con la fuerza de sus brazos, cargaba esos rosados animales para que terminaran de desangrarse y poder abrirlos en canal para sacar las vísceras; todo ello en una nube de moscas que a la niña se le pegaban en la cara y en sus desnudas piernas, y, en un descuido, hasta en el interior de su boca buscaban guarida.
Cuando cumplió los 18 años, su padre, como regalo de cumpleaños, le ofreció en ofrenda el mejor de sus cuchillos para que fuera ella la que le atravesara las costillas a uno de los mejores cerdos. Ella realizó el rito con rigurosa eficacia ante los ojos chispeantes de un orgulloso padre. Hasta le fecha, Juana conserva ese cuchillo como signo de la confianza que le había proferido su cuidador.
El tenaz zumbido de los insectos la sacó del sopor de los recuerdos. Aquellas nubes negras de incesantes dípteros no dejaban de estrellarse en el vidrio de la ventana moviendo las cortinas blancas simulando el viento de otoño. Juana sabe que buscan una desesperada salida de aquel infierno. Ya tendría tiempo para matarlas; una por una, que de ahí, no saldrían vivas.
Rendida, se recostó sobre el lecho revuelto y se puso a dar vueltas en toda la cama regodeándose a sus anchas en aquel pantano formado por ríos de sangre entre sábanas que dejaron de ser blancas.
Tanto olor, tanta luz y tanta cama la sumergieron en un sueño profundo. Roncando a plenitud, sin tiempo y sin preocupaciones, cruzó de manera fluida la línea del mundo que la separaba de los muertos y de las pesadillas.
Él prueba la comida que ella le ha servido y en una arcada la escupe con repugnancia sobre su plato. Cabreado, lo avienta al suelo. La insulta por ser una pendeja buena para nada, incapaz de poder cocinar a su gusto; ella se agacha a levantar el plato y él aprovecha para propinarle una buena tunda de patadas.
Cansado de tanta torpeza, se sube a la alcoba indignado. Ella, se queda limpiando; a los pocos minutos, él la llama a gritos desde la recámara. Ella, acude fastidiada. Él le ordena que se quite la ropa mientras que con su mano grasienta juega con su flácido sexo. Ella no accede y lo mira retadora. Encabritado se levanta para agarrarla de los cabellos postrándola sobre la cama donde la golpea hasta reventarle el rostro. La sangre que le inunda la cara la enardece, la inflama; logra meter su mano por debajo de la cama para agarrar del mango el cuchillo afilado...
El sonido cercano de una sirena la despertó como un hacha. Se incorporó sudorosa.
Mientras tanto, las moscas mantienen su lucha por encontrar una salida.
Juana, pensó en toda la faena que le esperaba.
Con parsimonia se quitó el camisón manchado de rojo. Acercó su cara al espejo y observo detenidamente las heridas abiertas de su rostro; los surcos negros alrededor de sus ojos la hacían sentir más bella que la Catrina. Se rió con ganas, era un espíritu libre que se animaba.
Abre el grifo de la ducha. El agua inundó el cuarto blanco con su aliento caliente y se dispuso a recorrer su cuerpo.
Desaparece el olor a tejido muerto que la impregnaba.
Una vez terminada la limpieza exterior de su cuerpo, baja a la cocina acompañada del lastimoso crujido de la madera que se delataba como testigo de un cuerpo arrastrado sobre sus vetas.
Con los brazos a boca jarra, suspira al ver todo el caos en el que se había convertido su lugar preferido. Manchas por todos lados. El bote de basura indigesto con larvas y huesos. La cocina le vomita un olor metálico que no logra tambalearla. La sangre de la carne despedazada sobre la mesa escurre atropellada, precipitada. Era lo malo de la carne fresca; tan extravagante, tan puberta.
El tejido sanguíneo sobre los mosaicos de su cocina, no la sorprenden. Al contrario, fastidiada se lamenta por no haber limpiado conforme las entrañas volaban tal si fueran candentes fuegos artificiales; por experiencia sabía que es más laborioso limpiar lo que ya está seco y encostrado que lo que profiere la herida nueva.
Se siente aprisionada al observar de que no hay un lugar libre por donde deambular; no hay ni un área despejada por donde pasar sin hollar y no mancharse, y, mucho menos, una zona desocupada para preparar la carne destazada y esas moscas que minuto a minuto aumentan el grosor de aquella tormenta.
Se agacha y con la fosa del codo barre todo lo que hay en la barra de la cocina. Las cosas caen estrepitosamente en el ensangrentado suelo y salpicando todo a su paso. Juana se acuclilla para recoger un lienzo y una botella con restos de lejía. Entre los escombros busca grandes bolsas de negro plástico; el cuchillo de carnicero y el rodillo.
Comienza por cortar los pedazos de carne por unos más delgados. Uno por uno los envuelve en plástico y con el rodillo comienza a magullarlos hasta hacerlos más delgados.
Golpea la carne una y otra vez; una y otra vez; una y otra vez; los golpes van siendo más profusos, los pedazos de carne se desintegran ante los iracundos golpes; los ojos de Juana se desorbitan y sus venas explotan ante tal esfuerzo. No piensa en nada más. El ofuscamiento la posee; no responde cuando tocan a su puerta.
Juana emite un grito que se confunde con las entrañas de la tierra. Los golpes son más fuertes en su puerta.
Suelta el rodillo. Cae fatigada y se pone a llorar entre charcos de sangre. La dobla el vómito amarillo que no deja de salir de su boca.
Tiran su puerta. Entran a su lugar cuatro uniformados y dos o tres vecinos que nunca la habían visitado.
Se quedan inmóviles ante el grotesco escenario. En la esquina se escucha un estómago no invitado que vacía su contenido. Una vez que los uniformados se pueden mover, le echan encima un trapo viejo que apenas tapa se cuerpo sanguinolento. La sacan como si fuera una muñeca de trapo y la suben a la patrulla.
Por la ventana del auto, Juana observa como una nube negra abandona su casa.
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