XENIA
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| Crédito de la imagen a quien corresponda. |
Se encontraba a 2,5 millones de años -luz de su galaxia. Sus compañeros de viaje habían partido sin ella.
—No lo vas a lograr. Deja todo y vámonos —le advertían mientras guardaban apurados sus pertenencias para emprender el viaje de regreso, la tormenta de arena se acercaba y no querían ser sepultados de manera prematura, pero Xenia quería estar segura de que se había eliminado todo rastro de la investigación que había dado origen al viaje.
—Llegaré a la nave antes que la tormenta de arena, si no lo logro, apliquen el protocolo —les dijo con la convicción de quien quiere salvar su vida mientras sus pies volaban hacia el laboratorio de la estación espacial.
Al llegar al sitio se dio a la tarea de revisar que el protocolo de destrucción se había hecho con rigurosidad y se hubieran eliminado las evidencias de los resultados de sus investigaciones, una vez de que se cercioró de que todo estaba de acuerdo al protocolo corrió hacia la salida para alcanzar a sus compañeros, pero se encontró con una puerta que no reconoció el iris de sus ojos, tecleó el código de emergencia, pero ni una luz parpadeó, ya no tenía duda, los circuitos habían dejado de funcionar. Supo entonces que se había quedado atrapada en la base experimental por una de las tormentas más graves que se esperaban en el planeta, sin posibilidad alguna de escapar ni regresar a casa, no lograba entender cómo había perdido la noción del tiempo.
Atacó a la puerta a puño cerrado, a patadas y lo único que consiguió fue estrellarse con la indolencia, aquella placa metálica había decidido enterrarla viva.
En la soledad de la galaxia, en aquella habitación mortuoria cerrada herméticamente y sin fuerza, reflexionó en el camino que la había llevado hasta ahí.
Se recordó de niña tendida en el pasto de su jardín, admirando de manera fiel a las estrellas aprendiendo cada una de las constelaciones que la rodeaban. Casiopea y sus cinco luminosas estrellas, era la favorita. Cada noche le hacía la promesa de algún día estar cerca de ella. Así fue que se convirtió en astronauta. Quiso romper los límites, y lo logró, pero no imaginó que la infinitud terminaría por tragarla.
Un dolor en el estómago que se le descomponía, la sacó del sopor de sus recuerdos, abandonada en ese sitio en el que nada ocurría, la muerte comenzó por rondar su cuerpo en aquel gigante desierto sin vida, sin agua, sin alimento y sin aliento.
Quiso grabar algunas palabras para justificar ante ella su existencia y la consumación de la misma , no pudo, su lengua estaba hinchada y no pudo articular ningún sonido. Sus ojos se abrían y se cerraban sin tiempo. La cabeza era una bomba en constante amenaza de explosión. Su cuerpo comenzó por rendirse.
El miedo comenzó por clavarle estacas de cristal en cada parte de su cuerpo y el dolor comenzó por pesarle como una lápida. Se dio cuenta de que no estaba preparada para asimilar su propia desaparición.
Xenia sabía que, una vez que su cuerpo dejara de latir, se desintegraría y sus átomos se escaparían hacia el espacio perdiéndose en el vacío interplanetario.
Tenía la esperanza de que, con el regreso al origen en ese infinito continuo que la abrasaba se convirtiera en una mejor versión cuántica.
Con su poca fuerza se quitó su uniforme y todo aquello que le impedía flotar y ser ella. Estaba lista para abandonarse a esa suerte interestelar por la que tanto luchó.
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